Cuba frente al espejo: cuando la mentira ideológica ya no puede llenar las tiendas
La reciente declaración atribuida a Jeremy P. Lewin, funcionario del Departamento de Estado de Estados Unidos, y difundida por la Embajada estadounidense en La Habana, vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cuánto tiempo puede sostenerse un sistema político cuando la vida cotidiana de la gente lo desmiente todos los días? La frase central es dura: “El sistema comunista de Cuba es una mentira cruel”. Y lo es porque no habla solo de ideología; habla de estantes vacíos, salarios pulverizados, familias separadas y un país que parece vivir en una emergencia permanente.
Lewin apunta directamente a dos causas internas: corrupción y mala gestión. Según su lectura, los recursos del país no se dirigen a aliviar la vida del cubano común, sino a sostener la represión interna y a proteger negocios estatales vinculados al turismo y al conglomerado militar GAESA. Esta acusación no surge en el vacío: el Departamento del Tesoro de Estados Unidos ha descrito a GAESA como una empresa paraguas controlada por militares cubanos, con intereses en turismo, inversiones financieras, importación-exportación y remesas.
El problema cubano, sin embargo, no se puede reducir a una consigna. El Gobierno de La Habana insiste en responsabilizar al embargo estadounidense y a las sanciones por el deterioro económico. Y es cierto que las sanciones pesan. Pero también es cierto que ningún embargo explica por sí solo la falta de transparencia, la ausencia de libertades económicas reales, el control político sobre la producción, la censura, la represión y la incapacidad de un modelo que durante décadas ha prometido justicia social mientras entrega escasez administrada.
Ahí está el punto crítico: Cuba no solo sufre una crisis económica; sufre una crisis de credibilidad. La propaganda oficial habla de resistencia, soberanía y continuidad, pero millones de cubanos viven pendientes de una remesa, una visa, una cola, una medicina que no aparece o un apagón que vuelve a recordarles que el discurso no alumbra una casa. En los últimos años, la salida masiva de cubanos ha sido una de las señales más visibles del colapso social. El País reportó que entre 2019 y 2024 ocurrió una ola migratoria sin precedentes, con cerca de un millón de cubanos llegando a Estados Unidos; otro reporte señala que al menos un millón de personas salió de la isla en los últimos cinco años.
La frase de Lewin también toca una fibra sensible: GAESA. Para muchos cubanos, ese nombre representa la zona opaca del poder económico. Hoteles, tiendas en moneda fuerte, cadenas comerciales, turismo y finanzas aparecen como parte de una estructura donde el ciudadano común tiene poca o ninguna capacidad de fiscalización. Mientras tanto, la libreta de abastecimiento se reduce, las farmacias se vacían y los hospitales sobreviven con carencias que ya no pueden maquillarse con consignas.
Desde una mirada crítica, el drama cubano está en esa contradicción: un Estado que dice proteger al pueblo, pero le pide sacrificios eternos; un sistema que dice combatir la desigualdad, pero crea castas de poder; un discurso que condena el capitalismo, mientras administra negocios turísticos inaccesibles para la mayoría de los cubanos.
La declaración de la Embajada estadounidense no es solo una crítica diplomática. Es también una pieza dentro de la batalla política entre Washington y La Habana. Por eso debe leerse con ojo periodístico: como mensaje político, como denuncia y como parte de una estrategia de presión. Pero que sea una declaración política no elimina el fondo del problema. La pregunta esencial sigue en pie: ¿por qué tantos cubanos prefieren comenzar de cero en otro país antes que seguir esperando soluciones dentro del sistema que prometió salvarlos?
Cuba vive hoy una tragedia doble. Por un lado, la crisis material: alimentos, medicinas, electricidad, transporte, salarios. Por otro, la crisis moral: la pérdida de confianza en una narrativa oficial que ya no convence ni siquiera a muchos de los que alguna vez creyeron en ella.
Cuando un país obliga a sus hijos a huir para poder ayudar a los padres que se quedan, algo profundo se ha roto. Cuando las tiendas del Estado están vacías y las del turismo funcionan para quien tiene divisas, la igualdad deja de ser principio y se convierte en propaganda. Cuando el miedo cambia de forma, pero no desaparece, la palabra “revolución” empieza a sonar más como coartada que como esperanza.
La Cuba real no está en los comunicados oficiales ni en los hoteles administrados por la élite. Está en la madre que busca leche, en el anciano que no puede comprar comida, en el joven que aprende rutas migratorias antes que proyectos de vida, y en el preso político que paga con años de cárcel el precio de decir lo que piensa.
Por eso, más allá de quién pronuncie la frase, la pregunta final no es si el sistema cubano es una mentira. La pregunta es cuántas vidas más tendrán que romperse antes de que esa mentira deje de gobernar.
José Rey Echenique

Comentarios
Publicar un comentario