Fidel Castro Meo la Historia de Cuba
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Por José Rey Echenique
— Esto que lo tumbe otro, porque yo no puse este gobierno.
Me dijo mi amigo, allá en Cuba , a inicios de la década del 2000, mientras bebíamos unas cervezas.
Era la insensible frase, que se volvió popular como un cántico, en aquellos años. Nadie quería comprometerse, y si comenzabas a hablar mal de la situación del país, enseguida eras rechazado, o te veían como una persona molesta, y hasta peligrosa.
— Compadre, usted no va resolver nada, con hablar… Dijo mi amigo y se tomó otro trago. Recuerdo aquel lugar cutre, ubicado en la calle República de la ciudad de Camagüey; recuerdo además el calor intenso, la música estridente, y a un loco bailando justo en la puerta, obstruyendo el paso de la gente.
Luego de este tipo de conversación, solía cerrarse el tema abruptamente. Solo quedaba beber. Y al otro día, la vida continuaba, o mejor dicho, la existencia venida a menos de la gente, cada vez más consumida por la frustración y los años. La vida en Cuba, no tenía sentido, y eso dura hasta hoy, en que apenas se pueden mantener las luces del alumbrado público encendidas; y los servicios públicos colapsados, demuestran que el estado también está colapsado y corrupto, hasta los últimos estertores de lo posible.
Pero los cubanos, tenemos la culpa; como también tuvieron la culpa aquellos cubanos que demoraron una eternidad para tomar la decisión de liberarse de España, a finales del siglo XIX.
¿Un mal autóctono? Parece que sí. “Hay que sacarse el Madrid cómico de la sangre” dijo una vez José Martí, aludiendo, tal vez, a esa costumbre del cubano de sonreír hasta con el agua al cuello.
Al parecer nuestra falta de carácter como sociedad, nos ha pasado factura. Casi siempre quedamos mal parados frente a la historia. Hoy tenemos la peor tiranía del hemisferio, y en materia de política, hemos demostrado ser analfabetos funcionales, que se pelean como niños, en un exilio que ya es letárgico.
Carecemos de honestidad, para mantener una coherencia entre lo que pensamos, lo que sentimos y cómo actuamos. Sí, en la escuela primaria nos enseñaron a esconder la suciedad debajo de la cortina. Nos enseñaron a mentir; a no derribar la vajilla, (me permito este sentido figurado) en medio de la fiesta; nos enseñaron a ser mansos, para cuidar el pellejo; a disimular el “gusano” natural que todos llevamos dentro, porque nadie está hecho para la esclavitud. Mi padre me decía en tono jocoso “Cuando éramos niños, nos pusieron una pañoleta en el cuello; nos dieron una libreta de racionamiento y nos dijeron que los americanos eran malos” Papá siempre lo resumió así, y yo aprendí a desconfiar de todo y de todos.
El tirano Fidel Castro, con Browning sobre la mesa, se lo dijo al pueblo de Cuba en una alocada alocución (me encantan las cacofonías). “Dentro de la Revolución Todo; fuera de la Revolución nada” El tirano parecía decir, si meo aquí, todo esto será mío, como hacen los animales salvajes y malolientes; Fidel Castro meó la historia de Cuba, expulsó la fe; quemó iglesias; metió preso a curas y desterró monjas. Fusiló, persiguió y encarceló a los valientes y dignos cubanos a los que no les gustaba la peste a orine que siempre acompañaba al máximo líder a todas partes. “Dentro de la Revolución todo…” Repetía como un poseso. A veces se rascaba el culo, creyendo que nadie lo veía, pero sí, algunas fotos censuradas por ahí, demuestran que era un animal político apestoso.
Pero con los años, los cubanos se dejaron amansar, o lo peor de todo, perdieron ese poder natural de las presas que les permite sobrevivir: perdieron la astucia. La Biblia habla de esto cuando advierte a los fieles que sean mansos como la paloma y astutos como la serpiente.
El cubano, en cambio, ha perdido todo, hasta la dignidad. Preferimos escapar, abandonar la pelea, malos boxeadores de la historia siempre fuimos. Ser manso no es pecado, el pecado es dejar de ser astuto, casi zombi, como la mayoría de la gente que pulula en las calles de La Habana Vieja, orgullosos de una Habana que hace seis décadas dejó de existir.
La supervivencia fue nuestro máximo recurso; nos enseñaron a mentir por temor; y comenzamos a mentirnos a nosotros mismos; y enseñamos a mentir a nuestros hijos, cuando en las tareas les ayudamos a escribir que el sicópata social Ernesto Che Guevara, era bueno, y que no solo eso, que deberían ser como él. Arrastramos en nuestra cobardía, mucho resentimiento, pero lo hicimos con alegría perruna y disimulada, (como buenos cubanos), y hasta nos llenamos de prendas para destacar en la multitud. (El oro disimula lo plebeyo)
La demagogia lo permea todo; hombres a los que les destruyeron la vida, son capaces de decir que llevarán flores a sus captores. Es humillante, sentir vergüenza de revelarse, de ser inconforme, de no poner la otra mejilla, de ser uno mismo, de exhibir un poco de instinto y no pasar por marioneta. ¡No!, el pueblo de Cuba, debe aprender a ser en el mundo, y no a esconderse del mundo. Cuando esto ocurra, cuando nos miremos al espejo y nos veamos desnudos como en el cuento El traje nuevo del emperador de Hans Christian Andersen, o El rey está desnudo, seremos honestos con nosotros mismos y entenderemos lo que es la dignidad. Solo así seremos libres, y volveremos a pertenecer a la historia que nos tocó, sin sentir vergüenza.
José Rey Echenique


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